CAPÍTULO PRIMERO

En este primer capítulo hablaré de algunos sucesos acaecidos en un período de tiempo de dos años: desde 1983 a 1985.

UN PRIMER ENCUENTRO

Los dos estudiábamos en distintas Facultades de una misma Universidad. Aquel curso de 1983/1984 fue nuestro primer año como universitarios. Durante el transcurso del mismo solo tengo conciencia de haberlo visto en tres ocasiones. En cada uno de esos encuentros recuerdo haber pensado, y nunca por los mismos motivos, lo diferente que parecía a todas las demás personas que me rodeaban. Sin embargo, no abrigaba deseos de conocerlo más a fondo.

PARTE PRIMERA

JAMES DEAN

Nos volvimos a ver al final del verano de 1984, próximo al inicio del curso 1984/85. Teníamos un pequeño problema con nuestras residencias, y el destino quiso ubicarnos en una misma pensión durante cierto tiempo a la espera de una pronta solución. No pasó mucho hasta que nos hicimos buenos amigos.

Una noche me comentó que algo extraño le estaba sucediendo al hablar por el teléfono de la pensión, ya que se oían unos extraños ruidos de fondo. Parecía preocupado. Yo, en cambio, estaba encantado con la aventura, y me parecía divertido verlo alterado por algo tan inofensivo como unos ruidos. Le propuse bajar a la calle, llamarle por teléfono y demostrarle que todo era fruto de su imaginación.

Bajé y lo llamé desde un teléfono público. Mientras hablaba con él y me reía de sus miedos se escucharon unos ruidos. El susto de ambos fue grande. Eran unos ruidos claros, a modo de golpes en la línea. No pensé que pudieran provenir de mi compañero de habitación, ya que su preocupación era más que evidente, y porque varias veces me propuso que volviera. Entonces pensé que se debía a algún tipo de problema técnico y que, por supuesto, la secuencia de los golpes era producto del azar. Para demostrárselo le propuse hacer preguntas a aquel ruido para así evidenciar su carácter aleatorio. El «ruido» debía contestar a las preguntas con un sí o un no. Para el «sí» bastaba con un golpe, y dos para el «no».

Pregunté entre risas si era una persona la que hacía esos ruidos. Se escuchó un golpe seco. «Vaya casualidad», pensé. Pregunté de nuevo si era una persona difunta. Otro golpe se escucha. «¿Quieres algo de mí?», dije. Se escucharon dos claros golpes. «¿Y de él quieres algo?», dije haciendo referencia a mi amigo. A continuación pudimos oír un golpe muy fuerte. Repito esta última pregunta y el golpe de respuesta es aún más fuerte. Mi amigo se asustó y me suplicó que volviese enseguida.

Lo encontré pálido, sin habla. Estaba verdaderamente afectado. Yo, por mi parte, mucho más inconsciente del momento que estábamos viviendo, hice algo extraño: construí una guija con una cartulina. En la excitación del momento he debido olvidar la desconfianza que siempre he tenido hacia ese tipo de cosas.

Más tranquilos, decidimos hablar de nuevo por teléfono para comprobar si se repetía el mismo fenómeno. Bajé a la calle y volví a llamar. Al primer tono mi amigo ya había descolgado el teléfono y, nervioso, me rogaba que regresase a la pensión. Acababa de oír ruidos en nuestra habitación, pero allí no podía haber nadie.

Corrí hacia la pensión y entré en nuestra habitación. Vi unas pequeñas tijeras encima de la guija. Una «X» enorme cruzaba de parte a parte la cartulina junto a unas breves palabras escritas con las tijeras que repudiaban esa forma de comunicación, y una firma más abajo.

«James Dean»

Miré a mi amigo con cara de asombro, ya que no conocía a nadie con ese nombre. Él, no menos perplejo, pudo contarme algo de la biografía de ese actor norteamericano muerto en un accidente de coche en 1955. Cuando mi amigo miraba alguna fotografía del actor presentía algún tipo de relación entre ambos, incluso un cierto parecido físico.