CAPÍTULO TERCERO

Sucesos comprendidos en los años 1994 a 1996.

LA REFLEXIÓN

Pasados tres años mi vida se tranquiliza. Encontré el tan deseado equilibrio anímico y financiero. Durante el último año un tema fue objeto principal de mis reflexiones y concernía al mundo de la empresa privada.

Tuve la oportunidad de conocer a un grupo importante de empresarios y de directivos. Pude conocer sus historias y la de sus empresas. Por una parte comprobé que no era difícil llegar a crear una empresa que funcionara, que se relacionaban entre sí de tal manera que las posibilidades de negocio se ampliaban considerablemente para aquel directivo capaz de ver solo un poco más allá que los demás. Así había observado a alguna empresa duplicar su volumen de negocio si aprovechaba la ocasión. Y éstas no parecían faltar en aquella época.

No podía dejar de relacionar esto con Gatsby. Él tenía esa clase de mirada que podía ver las cosas que estaban por venir como si ya hubiesen ocurrido. Parecía leer eso en alguna parte. Además no dejaba pasar una oportunidad sin aprovecharla. Gatsby y el éxito empresarial me parecían una misma cosa.

Observé también cómo los empresarios y directivos gastaban sumas importantes de dinero en relacionarse con el mundo. Ese dinero bruto corría a cuenta de la empresa. Contaban también con la ayuda de empleados competentes a su servicio.

Entonces lo vi con claridad. El problema se había planteado equivocadamente. El hecho de que las tremendas necesidades de Gatsby se hubiesen cargado sobre una sola persona constituía un error. Toda una organización debía reemplazar la labor que yo había soportado. Ésta era de tal dimensión que había quebrado mi voluntad.

Por otra parte, las cualidades de Gatsby resaltaban considerablemente al compararlas con las de esos directivos. Algunos de los empresarios que llegué a conocer no eran de mucha altura moral, y me parecía una ofensa que ellos tuvieran acceso a ciertas ventajas por encima de Gatsby.

Solo una cosa llegó a alterarme, particularmente ese último año. Cuando me levantaba por las mañanas tenía la impresión de que algo en mí estaba siendo modificado. Tenía la sensación de que la parte espiritual de mi cerebro —así me decía yo— estaba siendo modificada de alguna manera. Reconocía lo subjetivo de todo esto, pero era una sensación que, para alguien tan desconfiado como yo, resultaba especialmente molesta. Pronto vi que nada podía hacer para remediarlo y me olvidé de ello.

EL REENCUENTRO

Quería tener noticias de Gatsby. Durante el año 1994 le di la posibilidad de contactar conmigo. En otoño de ese año hablamos por teléfono, y poco después nos vemos. Viajó para encontrarse conmigo. Íbamos en mi coche. Otro coche nos adelantó muy rápido por nuestra derecha. Lo observamos con tranquilidad.

—Sé que no te gusta que diga estas cosas, pero ese hombre va a morir en un accidente de tráfico.

—No, Gatsby —le miré fijamente—. No me gusta. ¿De qué me sirve saber eso?

Le encontré muy cambiado, más fuerte, más compacto. No hubo reproches del pasado. Le entendía a él y él a mí. Me habló de su evolución profesional, de sus anteriores trabajos, de cómo había ido mejorando profesionalmente. Ahora trabajaba en una importante consultoría de empresas. También me comentó cómo llegó a conocer a la que es su actual novia.